Mi historia

No es tan importante lo que pasó,

a todos nos pasan cosas…

Lo que sí es importante

es lo que aprendí de ello…

Bettina Bustamante.

 

Cuando nací, estuve a punto de morir, tardaron mucho en sacarme del vientre de mi madre y nuestro primer encuentro fue después de un mes de nacida, ella no podía visitarme porque se le infectó la tardía cesárea, quizás esa sea la razón por la que nunca aprendió a abrazarme con fuerza… yo mientras tanto, planeaba mi vida desde mi incubadora.

Mi padre le demostraba  a mi madre su amor con celos, golpes e infidelidades; pero ella consiguió divorciarse, pagando el alto precio de esconder sus lágrimas para siempre. Para mí, él siempre fue mi héroe de plastilina con los brazos muy largos e incapaz de rescatarme de las manos del malvado padrastro pederasta… los héroes pierden sus poderes cuando traspasan el umbral.

La tristeza se apoderó de mí, se hizo amiga de la duda y de la culpa y se fueron de paseo junto a la bulimia, los abortos y las mil y una adicciones.

Ni el amor de mi madre, ni las drogas, ni el alcohol, ni el millón de camas de cien colores me quitaron el odio. Me odiaba, lo odiaba, la odiaba, los odiaba a todos, sin excepción.

Mi historia con hombres malvados no terminó ahí, además de un intento de violación y uno consumado; acumulé relaciones tóxicas hasta los treinta y uno, y uno en especial, que me marcó con el mayor thriller que he protagonizado jamás. No sólo me pegó y mató la poca autoestima que me quedaba…También me robó, me calumnió, me fue infiel, me descalificó y me quitó la única ciudad que amaba, el único lugar en el que había permanecido por más de dos años. Nada mejor que eso para saber a quién elegir, nada mejor que eso para meter a tu corazón y tu gato en una maleta, e irte a empezar de nuevo.

 

Lejos…

 

Entendí la importancia de la autoestima, del feminismo, de la soledad.

Encontré a mi alma y me vestí con ella, quitándome las máscaras que no me correspondían, encontré al arte, al amor, al éxito y al perdón.

Rompí con el lastre de la aceptación de la misoginia en mi familia.

Enterré al victimismo junto con la enfermedad y el “debería”.

 

¡Elegí ser diferente!

 

Grité tanto mi dolor, que se fue volando; lo conté tanto, que ya no me pertenece; lo escribí tanto, que ahora no es de nadie.
Esta historia es sólo una más que sumar, a la lista de los Resilientes.